
Primero fue esa sensación de resaca que te acompaña una Semana entera después de un Domingo de Ramos de privilegio, más tarde vinieron los encuentros donde cantar a esos momentos de gloria efímera y ya tan distantes como si estos hubieran pasado hace lustros. Llegó también el verano y amainaron sentimientos las calimas y bochornos del estío. El otoño después nos empezó a tirar de la manga de la camisa en un tímido aviso "ya mismo Las Navidades y después ya sabes..." Y llegaron, llegaron las ansiadas Navidades, y por el retrovisor del sentido más hondo, y mientras el anís y los roscos maceraban los más tiernos efluvios (y no miro a nadie) mirábamos entre reojos y relámpagos lo que se nos venía encima...
¡Que se acabaron las fatigas y duquelas, primo!
Que se acabó la espera, que hay que airear los trastos que tu Cuadrilla empieza a pespuntear otra filigrana de su historia.
Que ya huele a juncia y romero por las calles del Barrio chiquitito de La del Buen Fin.
Que la costalería se rebela y se revela a la voz de ya, porque ya es ya, y ya es ahora.
Que si deambulas por Amadeo Vives cualquiera de estas noches, un rumor de racheo llega a tus oídos tan vivamente que nunca creerás que tus sentidos te la acaban de jugar.
Porque ya todo huele y sabe distinto.
Que se llama a la tripulación con toque de arrebato, ¡sus castas el último!.
Que se vuelven niños los hombres y los niños se visten de hombre para pasear a Dios y su Madre por el Mundo y sus calles estrechas. Que dentro de cuatro días iguala La Cuesta del Rayo y después... después no quiero ni pensarlo.
Faltan 55 días para el Domingo de Ramos.